El niño herido: 'Una obra para el público que necesita el teatro colombiano'

'Lo sádico de la escritura: El niño herido' en Planisferio (Bogotá, 2019)


Muchas veces se dice que en la escritura debe estar implícita la crueldad. Para escribir ficción es necesario despojarse de cualquier moral y no tener miedo de ver de frente lo más oscuro de nuestra propia humanidad. Escribir es dar a luz hijos con los que no se puede ser condescendientes, sino todo lo contrario. En muchas ocasiones, estos hijos de papel no nacen. Quedan incompletos o son rechazados y mutilados por sus padres. Los escritores no tienen hijos sino “versiones”. La crueldad contenida y necesaria de este oficio es utilizada como metáfora del abuso en la última obra de Arley Ospina Navas El niño herido, escrita por el autor español Carlos Be. De cierta forma la obra nos evoca algunas ideas de Pirandello. Los actores o “versiones” del texto escrito pasan de ser arrumes de papel usado y desechado en papeleras a transformarse en sombras vivas que cambian de nombre constantemente. No obstante, estas sombras no son “personajes en busca de autor” sino versiones de una misma historia empujadas a la vida por la brutalidad de un autor en su intento de crear.

La dramaturgia se atreve a indagar en diferentes niveles de lectura, desde el problema del autor que escribe y deshecha, los videos de los niños abusados transformados en animaciones de dibujos infantiles y la mirada de los maltratadores y los niños, siempre conservando una historia que subyace fragmentada y contada desde muchas perspectivas. De igual forma, las acciones físicas y la manipulación de los objetos tampoco corresponden directamente a lo que los actores dicen. O al menos no forzosamente. De hecho, la fragmentación de la dramaturgia es un gran potencial que el director Arley Ospina no teme llevar hasta sus últimas consecuencias en un espacio atiborrado de papeles arrugados, niños transformados en muñecos manipulables y máscaras.

Sin embargo, si el escritor es como un padre brutal y sádico con sus hijos, el espectador va un paso más allá. El espectador es un testigo silencioso de la perversidad de un padre que bota a sus hijos descuartizados a las papeleras y que expone a los que están “sanos” en el escenario. El espectador, incluso se atreve a gozar con lo que ve en la puesta en escena. La incomodidad del espectador no solamente radica en la forma en que el montaje lo tiene trabajando en su cabeza al borde del asiento. Al ser voyeur del maltrato que se evoca en escena y se completa en su mente, la incomodidad del espectador adquiere otro matiz distinto a solamente interpretar y esta es la mayor fortaleza de esta obra. El niño herido es un montaje no apto para el público facilista que disfruta de ir al teatro para no pensar y prefiere que le den todo masticado. Se trata de un montaje que demanda violentamente la atención de quien lo presencia y que a cambio de esto, golpeará a su audiencia durante la obra e incluso varias horas después. Una obra para el público que necesita el teatro colombiano.

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Fuente: Planisferio

© Fotografías de El niño herido - Dirección de Arley Ospina: Fluxus Colectivo Teatral

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